No fui yo quien cortó los lazos que a ti me unían. No fui yo, que fue la feroz ventisca que asolaba mis contornos, quien cómplice se hizo del frío de tu ausencia y acabó por desgarrar, hilo a hilo, la dulce seda que enlazada a ti me mantenía.
Ahí me quedé, terriblemente sola. Sola en el ojo de la tormenta, sumergida al vaivén de los aciagos vientos que se disfrazaban de brisa. Sola, sin atinar con el albor que me revelara, de la desesperanza, la salida.
No fui yo quien cortó los lazos que a ti me unían. Qué más hubiese querido mi alma que permanecer por siempre a tu alma prendida, pero la vida es peligrosa, sobre todo cuando en zarandear las tijeras se encapricha.